Categoría: Jóvenes escritores

En esta categoría podéis tener acceso a breves obras literarias (cuentos, novelas, poesías…) de algunos de vuestros propios compañeros. Algunas de ellas ya han conseguido ganar premios en certámenes literarios.

VII CONCURSO LITERARIO MICRORRELATOS 2016

Aquí podéis encontrar las bases del  VII Concurso Literario J.G. VALDEMORA 2015-2016, ánimo y participad. También tenéis enlaces en el apartado de concursos a cómo se hace un microrrelato y ejemplos de los mismos para que os puedan ayudar a elaborar el vuestro. Suerte.

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Relatos ganadores del Concurso de Microrrelatos 2015

Desde el Departamento de Lengua Castellana y Literatura queremos agradecer la gran participación del alumnado en el concurso, y felicitar y dar la enhorabuena a los ganadores:

1ª Categoría:

-Primer premio: Autor: “Microrrelato”. Autor: Judith Nicole Valdivia Terrazas

-Segundo premio: “Vivir la vida”. Autor: Alberto Martínez López

2ª Categoría:

-Primer premio:Amor por la libertad“. Autor: Michelle Limay

-Segundo premio:Sigo siendo feliz. Autor: Iñaki Serrano Esteban

3ª Categoría:

-Primer premio: “Vértigo”. Autor: Carla Sánchez Andrés

-Segundo premio: “De alguna manera había que empezar” Autor: Ángel Díaz-Aranda

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En el autobús

Sus ojos castaños se encontraron con los de ella.

A pesar del vaivén y movimiento del autobús en el que iban subidos, sus ojos parecían hipnotizados por el otro, y viceversa. Todo empezó un día de huelga escolar. Ella fue, con la emoción por debajo de la media; sabía que él faltaría.

Pero todo cambió cuando al llegar al instituto al que asistía, pudo contemplar la figura de él, hablando con sus amigos, bromeando y riendo. Parecía una loca, mirándole así, sin pestañear. Cuando por fin pudo reaccionar, pudo darse cuenta de que sus amigas se reían de ella y canturreaban su nombre junto al de él, por lo que apartó la mirada y siguió su camino a dejar la mochila en el suelo, junto a las de su clase. Junto a la de él. El contraste de su mochila, negra con mariposas azules y la de él, negra con letras blancas y un puma, reflejaba exactamente cómo eran.

Ella, una mariposa delicada y tímida.

Él, un puma directo a atacar por lo que quiere, sea cuando sea.

Suspiró y se acercó al grupo de amigos que le rodeaban. Le miró a los ojos, y pronunció su saludo, que había sido reflexionado mientras viajaba en el autobús.

–          B-buenos días.

–          Buenos días, rubia – ella era morena, pero él la llamaba así para molestarla. O eso ella creía.

Sus ojos se descubrieron, pero ella apartó la mirada, quedándose en el grupo, que la miraba fijamente, para que luego todos sus amigos se rieran y empezaran a hablar de estupideces varias. Se quedó fuera, pero ella intentó volver a integrarse, a pesar de que sólo comentara una o dos cosas.

Una de sus amigas se la llevó a rastras hacia una esquina, con la intención de decirle algo en privado.

–          Se nota que estás más con los chicos que con nosotras, eh. – dijo mirándola con picardía – ¿Tanto te gusta?

Ella palideció, para luego agitar las manos negándolo todo. Pero sus mejillas coloradas revelaban lo contrario. Su amiga suspiró, riéndose furtivamente y luego hablar de otras cosas, como los deberes de inglés en los que ella debía ayudarla a hacerlos antes de que sonase la campana de entrada.

Se sentaron cerca de las mochilas y sacaron sus cuadernos, el pelo moreno y rizado de ella caía sobre su frente. Parecía concentrada, escribiendo las palabras y enseñándole a la otra, que le agradecía cada ciertos segundos muy exageradamente, con leves sonrisas que ella no interpretaba correctamente.

“Supongo que deberé ayudarle más días de lo esperado” pensó para ella misma, mientras le aconsejaba hacer unos ejercicios, para después levantarse, aplanarse su vestido de flores y dirigirse de nuevo hacia los chicos.

Él seguía allí.

–          Y-ya sabes que te puedo ayudar con sociales, p-para que recuperes la asignatura – pero la campana sonó antes de lo esperado, llevándose con ella sus palabras, que acabarían olvidándose entre la multitud de gente.

Las clases pasaron muy lentamente. Primero, plástica y artes visuales. Después, inglés. Él se sentaba en segunda fila, emparejado con una pelirroja con la que ella se llevaba muy bien a pesar de que estuviese empujándola siempre a que se besasen o cosas por el estilo.

Al recordar eso, se sonrojó, por lo que su compañera de pupitre le miró extrañada.

“Seguramente se preguntará que pasa por mi cabeza en este segundo” reflexionó, hundiendo su cabeza en los hombros, mientras sus amigos de delante eran regañados por la profesora, al estar haciendo un ruido increíble y muy molesto.

Cuando sonó el timbre para el primer recreo, ella cogió su abrigo y observó disimuladamente cómo él se dirigía a la biblioteca, a hacer los deberes de lengua y literatura. Arrastró los pies hacia el patio. Donde no estaría él. Porque estaba haciendo los deberes.

–          Tengo una idea – susurró para ella misma.

Cogió su cuaderno al llegar a clase entre sudores de tanta escalera, llegó a la biblioteca, y le vio sentado, concentrado en medir un poema.

–          Umm…  – llamó la atención de él poniendo el cuaderno encima de su libro – Puedo prestarte el mío…

Él sonrió, lo cogió con delicadeza y lo abrió, pasando las páginas lentamente, hasta llegar al poema que ella había medido. “Es un poema de amor. Espero que no piense que es una indirecta.” Pensó mirando hacia otro lugar, avergonzada. Salió corriendo sin esperar a que las palabras que él iba a decir fluyesen.

Después de otras dos horas –concretamente matemáticas y lengua- hubo otro recreo. Esta vez él salió, pero lo pasó riendo con un grupo de amigos y dos chicas de segundo, que le arrastraban de un lado a otro, cogiéndole de la mano.

Ella se sentó, aún con el abrigo que le había prestado una amiga porque ella no lo había bajado. Se sentía vacía y bastante mal. Las demás chicas parecían no tener ni que pensar lo que le iban a decir durante horas, simplemente eran directas y no tenían miedo de incomodarle o tocarle. Se sintió hecha pedazos, así que volvió con sus amigas, abrazando a una de ellas, algo silenciosa. La que hacía de pañuelo de lágrimas ni si quiera preguntó el motivo. Con sólo ver a una de las chicas mayores subida a caballito sobre el chico que le gustaba a ella, lo había entendido, por lo que le acarició el pelo mientras suspiraba.

Las últimas dos horas parecían estar más animadas. En naturales estudiaron los fósiles, de poco en poco. A ella le tocó uno de los reales, no una réplica. Se sintió un poco mejor, y pudo reírse un poco al verle a él con uno de los fósiles que parecía un cuerno en la cabeza, mientras gritaba que era un unicornio, provocando las risas de ella y de la clase. Pero su bromita no era para los demás. La había llamado especialmente a ella.

Había pronunciado su nombre suavemente, como un susurro que sólo ella pudo oír.

Lo tomó muy en cuenta, mientras apuntaba los deberes que la profesora mandaba.

En la última hora, no estarían juntos, ya que era optativa. Ella sería separada de toda la clase e iría al taller de diseño y de dibujo, mientras él iba a francés. Lo que le ponía nerviosa. Con los pelos de punta. “¿Habrá ahí alguna chica que le guste?” se preguntó con un suspiro, mientras daba las últimas pinceladas a su boceto.

Él sabía perfectamente que a ella le gustaba, no por sus amigas, si no por el día de San Valentín. Se declaró con una carta. Al principio malas y falsas noticias llegaron, haciéndola llorar durante un fin de semana entero y que obtuviese un mal carácter. Pero luego las buenas noticias llegaron. Pero ella no sabía si eran verdad. Por lo menos le subieron el ánimo considerablemente.

Cuando sonó la campana de salida, esperó en la puerta de la clase de francés hasta que él salió. No se dirigieron muchas palabras, sólo algún que otro “hola” y algún comentario sobre las últimas horas de cada uno. Cuando llegaron al aparcamiento del instituto, ella se sintió desfallecer. No sólo vivían en lugares diferentes, también debían ir en autobuses distintos.

Pero por lo menos, el de ella y el de él, estaban tardando más de lo normal. Al cabo de unos diez minutos apareció un autobús, con los cartelitos pegados de las dos rutas. La verde, de ella, y la violeta, la de él.

Una alegría inmensa nació en su corazón.  Quizás podían sentarse juntos y todo.

–          ¡Ey, compartimos bus! ¡Qué casualidad! – dijo animada, sin tartamudear si quiera. Era un logro en toda regla.

–          Parece que sí, ¡venga, damas primero! – dijo señalando las escaleras y dejándole pasar a ella antes que él.

Se sintió morir justo después al ver casi todos los asientos ocupados. Ella ya tenía compañero de sitio, pero se sentó junto a otro y empezaron a hablar. Algo apenada al ver a su enamorado sentado con sus amigos, se dispuso a coger un sitio. Sola.

Cuando empezó a arrancar el bus, le vio a él mirándola fijamente. Ella iba sentada en el del pasillo, con el cinturón abrochado y sacando el móvil para escuchar música, sumida en sus pensamientos. Pero su mirada despertó algo en ella. Como si hubiese jugado con fuego.

Tuvo un buen presentimiento.

Sus ojos castaños se habían encontrado con los de ella.

A pesar del vaivén y movimiento del autobús en el que iban subidos, sus ojos parecían hipnotizados por el otro, y viceversa.

Él se movió rápidamente a uno más cercano, pero aún lejos, ya que ahora estaba en la tercera fila. Ella, en la séptima.

Se puso en la cuarta.

“Sólo tres más y podrás sentarte junto a tus otros amigos” pensó dirigiéndose a él. Detrás de ella estaban sus colegas.

Miró hacia la ventana, mientras una lagrimita débil se escurría en su ojo derecho. Pero una voz que ella conocía demasiado bien, atrapó su interés.

–          Eh, ¿me puedo sentar contigo? – dijo él, asomado desde su asiento. Parecía sonreír, pero no con la boca, si no con los ojos.

–          U-uh…¡sí!  – respondió ella con algo de emoción que quería reprimir. Debía controlarse.

Movió su mochila del asiento de la ventana al suelo, y se colocó ahí, mientras él andaba sobre el autobús en marcha hacia ella. Pareció detenerse el tiempo, y ella sonrió sin ningún miedo. Había perdido el temor.

Por ahora, ¿no?

Pero, ¿y si era sólo colocarse ahí para moverse a otro más lejos?

El miedo hizo cuna en sus ojos.

Cuando sintió movimiento cerca de ella, él ya se había sentado ahí. Y había colocado sus cosas. No estaba dispuesto a irse.

–          Hola  – saludó riendo.

–          ¡Hola! – dijo ella con una gran sonrisa. Quizá una de las más grandes de su vida.

Sus rodillas se tocaban por el espacio casi nulo que formaban las mochilas, pegadas la una a la otra.

Pero entonces algo se quebró. Y provenía de la pelirroja y su amiga, junto al primo de la primera. La atmósfera había pasado de romántica a vergonzosa, ya que empezaron a corear los nombres de los dos junto a palabras como beso, piquito y novios.

Perdió fuerza su sonrisa, que fue sustituida por una mueca de vergüenza y sus mejillas coloreadas. Eran muy evidentes. Más de lo normal. A pesar de su piel bronceada, el sonrojo se notaba un montón comparado a la piel pálida de él, en la que se veían atisbos de sangre circulando por sus mofletes.

Al intentar girar su cabeza e ignorar los gritos, empujó al chico hacia un lado, por lo que se tocaron. Hombro con hombro. Ella palideció y soltó un quejido que sonó más como un gritito de una fan hacia su ídolo. Se tapó la boca y decidió ser normal. Pero fueron los momentos más duros de su vida.

Él la hizo reír con viveza poniéndose debajo de los asientos. Pero luego, desgraciadamente –más bien por suerte- se quedó atascado, y necesitaba ayuda, necesitaba que le echaran una mano. Ella ofreció la suya, por lo que se cogieron de las manos. El tacto suave de la suya y la fría de ella pareció encender sus instintos románticos, por lo que la apretó fuerte y le abrazó para levantarle entre risas que ocultaban sus ganas de quedarse abrazada a él.

Y eso que un amigo estaba del otro lado ofreciendo la suya.

Cuando llegaron a la urbanización de él, se sintió algo avergonzada por haberle tocado así, sin preguntarle.

Y la pelirroja volvió en el momento menos indicado. Sí, en el menos indicado.

–          Eh, ¿por qué no le quieres besar?

–          Yo no he dicho que no – dijo riendo, y saliendo del autobús.

Ella escondió su rostro entre las manos, mientras su sonrisa se volvía más grande que antes. Pero estaba más avergonzada aún, ¿eso significaba que le iba a besar? ¿a él le gustaba a ella?

Cuando ya sólo quedaba la gente de su pueblo, pudo respirar tranquila y hablar con sus amigas sobre temas triviales, pero siempre, siempre, recordando esa hipnotizante mirada.

Porque esta vez no había apartado la suya.

Cuando llegó a casa, con más energía que nunca, se lo contó a su madre y a su hermana entre risitas, sonrisas y tartamudeos. Estaba feliz. Y sólo porque él había elegido sentarse con ella que con sus amigos.

Y es por eso que ella escribe esto ahora en tercera persona, esperando al día siguiente.

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“Tonight”

Tonight

(Relato ganador del concurso de Halloween en el Taller de Escritoras, 1º puesto)

 

El otoño había llegado, y con él, una pequeña brisa hacía crujir las ramas de los árboles que dejaban caer sus anaranjadas hojas con un vaivén hipnotizante.

 

Era 31 de octubre, una noche en la que centenas de niños y niñas recorrían casas para que los adultos les diesen caramelos.

Para Líam, era algo aburrido.

 

Él había estado descansando en el sofá. Sus manos estaban sumisamente encima de su pecho y sus pies colgaban de refilón en el reposabrazos rojo.

 

— Qué aburrido. — suspiró y se levantó como un resorte.

 

Había estado toda la mañana jugando a los videojuegos, dibujando y escribiendo, pero a pesar de todo eso, se sentía solo.

Había probado a llamar a todos sus amigos, pero ninguno contestaba.

Suponiendo que era un día festivo, le pareció [b]normal[/b].

 

Se puso sus zapatillas (algo desgastadas) y subió las escaleras que daban a su cuarto y observó el oscuro pasillo que había por delante.

Él nunca lo habría mencionado, pero sentía algo de temor.

¿Acaso habría sido por esos creepypastas* que había leído antes?

No, imposible, él no se asustaba tan fácilmente.

 

El suelo entarimado gruñó al sentir el peso de los pies de Líam mientras avanzaba. Con algo de prisa, abrió la puerta de su cuarto, entró y la cerró.

Soltó el aire que había estado aguantando y se dejó deslizar por la puerta.

A él normalmente le encantaba el silencio que reinaba en su casa, pero en ese momento se había convertido en algo aterrador.

 

Sacó el móvil de su bolsillo del pantalón y empezó a llamar a su madre, que debía de estar haciendo la compra, o eso imaginaba.

 

El dispositivo marcó una extraña melodía y súbitamente, se apagó.

Soltando un pequeño gemido, se le cayó el teléfono de las manos, creando un estruendo que retumbó por toda la casa.

 

Se acercó a la ventana de su cuarto haciendo el menor ruido posible. Era de noche, así que miró el reloj y se fijó en que eran las ocho exactas.

 

Se acordó de algo y levantó la tapa de su portátil negro adornado con estrellas de colores azules y grises, haciendo que se iniciase.

En el buscador tecleó “tonight 8.OO pm”, que era un relato que sucedía justo en Halloween y a esa hora.

 

Se sentó y empezó a leer un poco por encima.

 

Después de unos intensos minutos, la historia contaba que en el día de los muertos, un chico elegido por las criaturas más escalofriantes estaba destinado a ser el “juguete” de ese día tan especial.

 

Los hechos ocurrían a las ocho de la tarde.

 

— ¿Quién es? — pronunció Líam cuando alguien tocó levemente la puerta, haciendo un toc-toc.

 

“¿Truco o trato?” se escuchó.

 

Cuando se abrió, Líam se encontró con la más horrorosa de todas las criaturas, una sombra negra llena de heridas algo sangrantes pero resplandecientes.

¿Era un fantasma o un monstruo? ¿O quizás Frankenstein?

Líam nunca lo supo, pero debió tener en cuenta que…

 

Las puertas del más allá se abren esa noche, y nuestro mundo recibirá la visita de todo tipo de criaturas aterradoras. Puerta por puerta, estos inquietantes seres repetirán una pregunta: ¿truco o trato? Más te vale darles lo que piden…sea tu alma, o una dulce golosina.

 

*Historias de terror en internet, leyendas urbanas, etcétera.

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“The daugther of Satan”

The daughter of Satan

(Relato, próximamente una novela)

 

La agradable melodía del violín se expandía por toda la habitación. El cuarto en el que yo aguardaba a mi padre era totalmente blanco a excepción del sofá de seda india roja en el que me sentaba. Tenía puesto un bonito vestido de lino blanco hasta los tobillos, con unas botas hasta la rodilla marrones. En mi cuello colgaba el collar que había heredado de mi difunta madre, en el que se habían enredado unos mechones azabache de mi pelo. Estaba nerviosa.

Mi progenitor, Earl Heidern, era un hombre alto y que daba escalofríos. Castaño y de unos ojos de color azul fuerte, como yo. Aunque los míos eran más violáceos.

Estábamos allí para que me integrase por primera vez en la educación pública, ya que siempre me había criado en casa con profesores particulares. Contaba con coeficiente intelectual de ciento cuarenta, algo muy raro en jóvenes como yo, a pesar de que sólo tenía seis años. Sabía hablar noruego, español, inglés, alemán y latín, a pesar de que es una lengua muerta. El latín es mi favorito.

 

Me acomodé en cuanto de una puerta apareció padre. Su pelo castaño estaba despeinado, como si hubiese estado en una pelea, y sus ojos azules eran fríos.

 

— Hela, esta institución no merece nuestra presencia — cogió aire, mientras me tomaba de la mano y me arrastraba hacia la salida — Son unos malhechores.

 

Me metí en el coche, en el asiento trasero detrás de él, mientras me ponía el cinturón y veía alejarse -aunque éramos nosotros los que nos alejábamos- el gran edificio refinado de la Hawthrone School. Saludé levemente con la mano y mientras esbocé una sonrisa. Padre me dirigió una mirada por el retrovisor diciéndome que no me moviese de ahí mientras compraba unas cosas en el mercado. Abrió la puerta y salió, echando humo y dirigiéndose a la puertita con una cesta.

 

—    Esta vez no necesito una línea perfecta, así que voy a revelar todos mi secretos… — canté dulcemente mi canción favorita mientras abría la puerta, ajena a lo que el destino tenía preparado — Ohhh…no tengo motivo ni vergüenza…

 

Paré en seco al ver un niño de pelo blanco y ojos verde y amarillo parado en una esquina. Debía tener la misma edad que yo. Estaba vendando a un pajarito. Me acerqué chasqueando mis tobillos con una gran sonrisa en el rostro.

 

— ¿ Qué haces? — dije, inocentemente.

 

— Estoy vendando a Ajo — me miró triste — Madre lo echó de casa con una patada.

 

Me senté junto a él sin importar manchar mi ropa. Le cogí de la mano y puse la otra encima del ave, que gesticulaba nerviosa por el dolor.

Vi al niño jugando con el ave en un campo abierto. El ave estaba curada, pero aún con la venda. Se veía feliz.

 

Solté la mano de él y quité la mía sobre el pájaro.

 

— ¿Cómo te llamas? — le sonreí.

 

—Thobias Ainsworth — dijo confuso.

 

— Yo soy Hela Heidern, un gusto. Padre está dentro del mercado — expliqué — Ajo va a sobrevivir, lo he visto en mi cabeza.

 

— ¿En tu cabeza?

 

— Sí, cuando toco un animal o persona puedo ver en mi cabeza su futuro y saber si se irá al cielo como Madre o se quedará con nosotros.

 

La puerta se abrió y corrí a toda velocidad al coche, mientras me despedía con la mano de Thobias, que me sonreía. Me puse el cinturón y Padre encendió el coche y nos marchamos.

Después de un tiempo tuve una amiga, a la que desvelé mi secreto. Gran error. Me tomó por loca a pesar de que yo le dije su futuro. Me encerré en mí misma y Padre me empezó a dejar sola e ignorarme. Al final entré en una escuela pública a la edad de catorce años. Nunca más volví a ver a Ajo ni a Thobias

Gracias a los cotilleos y habladurías del pueblo creyente en el que habitaba se empezó a hablar de mi “superpoder” para predecir muertes.

Se puede decir que me llaman La Hija de Satán.

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“Sonrisa navideña”

Sonrisa navideña

(Relato ganador del concurso de Navidad en el Taller de Escritoras, 2º puesto)

 

En el ambiente todo nos recuerda a la Navidad: las calles del centro iluminadas, el mercado navideño, anuncios de juguetes desde principios de octubre, turrones y polvorones que se venden en los supermercados desde hace más de un mes que posiblemente hayan caducado -y algún indecente se los coma y tenga que acudir al médico- son cosillas que realmente Castiel odiaba. ¿Por qué? El mero hecho de que la Navidad le recordase que era una festividad familiar en la que él no podía participar, ya que sus padres estaban trabajando.

Suspiró y siguió punteando en su guitarra Fender acústica de color rojo que tanto quería. Las notas inundaban sus sonidos hasta convertirse en un alegre villancico. Soltó el instrumento y se arrancó algunos pelos de la rabia, estaba realmente frustrado. Su cabello flotó en el aire con un vaivén hipnotizante hasta el suelo, aunque, más bien, en la nariz de su perro, que descansaba apaciblemente bajo el árbol.

Él se tiró sobre el sofá, apartando la guitarra hacia un lado y cogiendo el mando de la televisión; dibujos animados, culebrones de abuelas, las noticias, la teletienda…Sus ojos se cerraron sistemáticamente hasta que un timbrazo a su puerta le hizo maldecir a todo el que le osase despertar.

Con paso cansado caminó hacia la entrada, pronunciando un qué quieres mientras Rosalya y Saray lo empujaban hacia dentro, vendándole los ojos con un trapito rojo. El teñido empezó a pegar patadas, totalmente aturdido por la situación que en ese instante le rodeaba.

 

Se despertó con los ojos todavía vendados. Estaba sentado sobre un sofá o algo mullido, según pudo reconocer. Se quitó el vendaje y se encontró cara a cara con Lysandro, Saray, Rosa y Líam. Estaban con atuendos navideños, entregándose cada uno un regalo. Se volvieron hacia él y le explicaron que no quería que estuviese sólo en un día tan especial. Líam le entregó el Guitar Hero -ya que no sabía que regalarle-, Saray se insinuó dándole un libro de ejercicios de matemáticas, a lo que él respondió con un gruñido, Rosa una camiseta de Winged Skull y Lysandro un sobrecito con cuerdas para la guitarra.

 

– ¿Qué tal, pringaos? – dijo borde, pero lo dijo con una gran sonrisa.

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“Roten Kreuz; apocalypse” (Novela completa)

Roten Kreuz; Apocalypse

Prólogo

Estamos en el año 3000, siglo 31. Los países que han quedado en cuarentena son Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Australia, Tailandia, España y Suecia; han quedado destruidos por las bombas y los han abandonado.

La Roten Kreuz tiene una sede en cada ciudad (todavía habitable), vigilan a la población para que no cometa ninguna imprudencia. El castigo es hostil.

Mi nombre es Tatiana Jokovach, y soy una de las revolucionistas, es decir, estoy en contra de la R.K.

Tan sólo tengo 15 años, pero sé judo, hapkido, aikido, taekwondo y boxeo, sé utilizar los cuchillos y otras herramientas en defensa propia y más.

Si no sabes algo de esto, podrías morir por los numerosos peligros que hay ahora; pobreza, hambre y crueldad.

De esto se salvan los beneficiados (o B., abreviando)

¿Qué son los beneficiados?

Antes de que la R.K. gobernase el mundo entero, se jugó una lotería para que los ganadores recibiesen dinero, comida y protección. Sólo ganaron setenta personas en todo nuestro planeta.

Yo no gané, mi hermano Niko tampoco. Luchamos por sobrevivir y ayudar.

Los revolucionistas nos alojamos en una fábrica de latas en Rusia, mi país natal. Es grande. Hemos podido reclutar a 21 personas en contra de la R.K.

Nos las arreglamos, pero pronto nos descubrirán.

Pero lucharemos.

Por el bien de todos.

¿Te animas a seguir nuestra historia, la historia de una revolución?

 

 

 

 

Capítulo 1; Un día “tranquilo”

— Un largo día, ¿eh? — mi hermano me sonrió levemente mientras cargaba con la ballesta en la espalda.

— Sí. — respondí sin mucho ánimo.

Volvimos caminando a la fábrica en compañía de Alice, que nos seguía de lejos, arrastrando un palé que ella misma había decidido llevar.

— ¡Tati! Venga, porfas, ayúdame…pesa demasiado. — me gritó.

— Pff. ¡Te he dicho que no me llames Tati, si no, Jokovach! — protesté, algo fríamente.

— Bueeeno. Venga, arrastra esto conmigo, morena.

Resoplé con la nariz y volví hacia atrás haciendo el menor ruido, a pesar de que Aly ya había gritado suficiente. Cargué con el palé entero en la espalda mientras ella me miraba asombrada.

— ¿No…te cuesta…? — susurró.

— No. Es algo mísero en comparación a lo que hago cada día.

Mi hermano nos llamó desde unos metros más hacia delante del camino del bosque que llevaba a la fábrica. Había muchos arbustos secos alrededor, pero algunos estaban floridos e incluso daban pequeñas frutillas rojas. Cogí una con la boca al agacharme y empecé a mordisquearla.

— ¿No es eso tóxico? — me preguntó Niko, algo preocupado.

— Es una frutilla silvestre nacida de una rosácea. No te preocupes.

Realmente estaba dulce. Tan dulce como lo puede estar un caramelo.

Seguimos andando. Se estaba haciendo de noche. El sol se empezó a ocultar bajo los árboles hasta que no había más luz.

Entonces oímos disparos.

— ¡Posición 1! — exclamó mi hermano, sacando su fusible de asalto. Se agachó en tropel hacia los árboles y se escondió junto a Alice.

Quedé en medio del campo de batalla como una señal de tráfico. Me tapé como pude con el palé y lo utilicé de escudo (sufrió bastantes daños, he de decir) hasta llegar al bosquecillo.

Tiré la madera al suelo y me cubrí con ella mientras sacaba mi arma individual. Era una Browning-GP de 9 mm, muy eficaz. Visualicé el blanco. Una chica de unos catorce años.

No podía matarla, llevaba una niña en su mano. Herida.

— ¡ALTO EL FUEGO! — grité con todas mis fuerzas.

Salí de nuevo al camino y noté que era una trampa de la R.K. Y había caído. Otra vez. De nuevo. Como lo queráis decir.

Había fallado de nuevo a mis padres, ahora fallecidos, que dieron su vida por mí.

Alice y Nikolai habían escapado, pensando que yo también.

Estaba sola.

Sonreí como una psicópata lo haría.

¿Querían hacerme daño? Seguro que sí.

Estaba segura de que aquellos idiotas se creían mejor que yo.

Menos mal que llevaba mis guantes especiales.

Sólo atacaría si ellos lo hacían.

La chica de catorce años se acercó a mí con esa niña, y temblorosa,  me apuntó con la pistola en la cabeza.

 

— Ellos nos ayudaron, ¿sabes? — susurró, algo nerviosa — Vosotros no, vosotros, los revolucionistas, lo empeoráis todo…

 

— Nunca te he visto. — le dije fríamente, cortando su discurso. — Y te hubiese ayudado si no fueras tan idiota y les creyeras.

 

Miré a la niña, rubia de ojos azules. Estaba observándome, aguantándose las lágrimas. Debía de tener unos 7 u 8 años, como mucho.

Saqué pecho.

Otra vez debía contar lo que le hicieron a Jack.

 

— Yo tenía un amigo. Se llamaba Jack Holloway. — sentí miradas y escopetas en mí. — Creyó todo lo que le dijo la Roten Kreuz. Le prometieron oro y fortuna, buenos momentos. ¿Y dónde está ahora? En su tumba. Arriesgó su vida por salvarme a mí, una revolucionista en la que se supone que no debía dejar vivir.

 

Sentí como la chica tuteaba, y bajaba poco a poco la pistola, algo dudosa.

Al instante de bajarla, un disparo asomó por su pecho.

Empezó a gritar, me agaché y presioné la herida. Estaba un poco más abajo de la clavícula.

La niña, arrastrada por la otra, empezó a llorar, gritar y patalear, incluyendo tirarme de los pelos, angustiada.

 

— Ayúdala… — cuando la niña se calmó, susurró. — …es mi hermana….

 

Se frotó la nariz y miré alrededor. Se habían ido. Después de mi discurso se habían marchado dejando huella. Intentando dispararme a mí. Mierda.

Presioné de nuevo, y noté que perdía la respiración. Se había desangrado muy rápido, quizás demasiado, la había perdido. Levanté las manos. Las miré. Rojas. La sangre resbalaba por mis dedos cual agua transparente.

La niña me habló.

 

— Llévame…contigo…tengo miedo… — se enjugó el ojo con la manga mientras reprimía un sollozo.

 

Me cogió de la mano algo miedosa y me miró directamente a los ojos.

Mi corazón tembló.

— Me llamo Katie. — sonrió forzadamente al ver mis cicatrices encima de la mejilla.

 

— Soy…Tati. — acepté mi mote, solamente como excepción. Esa niña se parecía a mí de pequeña. Igual de asustada, igual de sensible. — Ven conmigo. Puedes quedarte con nosotros. Te protegeré de todo. Y te enseñaré a ser fuerte. ¿Es lo que quieres, no?

 

— ¿C-cómo lo sabes…? — me dijo.

 

Le guiñé el ojo y le sonreí, fuimos andando algo débiles.

Estuvo callada todo el trayecto, seguramente pensando en su hermana.

 

— Ella no era mi hermana de verdad…

Me paré en seco.

— Lo fue. Nunca me quiso, sólo me utilizó, ahora que lo pienso. — reprimió un lloro y me puse a en cuclillas, a su altura.

Le acaricié la cabeza limpiándome la mano antes.

— Desde ahora, seré tu familia. Pero tienes que guardar un secreto… — me hice la misteriosa, divertida.

La luna nos iluminaba cual foco en una representación teatral. Nunca me habían gustado los niños, pero Katie era diferente, era una yo joven.

 

— Sólo tú me podrás llamar Tati…pero no se lo digas a nadie, prefiero que mis compañeros me llamen Jokovach.

 

Katie sonrió y rió un poquito.

A los pies de la fábrica, ella me cogió muy fuerte de la mano, como esperando a que hiciese algún movimiento o dijese algo.

No tengas miedo, quise decir.

Pero sabría que lo tendría.

 

Ella, imagino, habría sido criada con historias como que los revolucionistas eran unos bestias que sacrificaban gente. Quería borrarle eso, no podía permitirlo.

— ¿Qué te han dicho de nosotros?

Su rostro cambió duramente.

 

— Que matáis gente, que os coméis a los niños que no os hacen caso y les quitáis la comida a la gente. — se soltó un poco de mi mano.

 

— No hemos hecho nada de eso. Pasa y míralo. — solté su mano y abrí la pesada puerta de metal.

 

Dentro era todo un espectáculo. Gente entrenando en las colchonetas. Mi hermano y Alice explicando cómo usar y poner silenciadores en las armas de fuego. Kimberly y Nath planeando las próximas misiones de comida y material, incluyendo hablar con Castiel que había hecho de nuevo alguna de las suyas.

Al entrar, Nikolai corrió hacia mí, Lysandre, Alice y Kimberly igual, me abrazaron hasta que vieron que llevaba una niña.

 

— ¿Y tú eres…? — Alice sonrió a Katie.

 

— Soy Katie y tengo 7 años.

 

Lys me sonrió, se había dado cuenta de que me había salido instinto maternal de mi fortaleza. Me guiñó el ojo cariñosamente y yo me avergoncé, me sonrojé y miré hacia otro lado, ignorándole.

En ese momento pensé que mi vida sería algo más divertida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2; Falsas esperanzas

Amaneció en Rusia.

Algo dentro de mí me decía que tuviese delicadeza, que hoy todo iba a ser agitado. Desde que la Roten Kreuz empezó a gobernar la Tierra, cada día es un regalo.

 

Me levanté de mi saco de dormir con pasos adormilados y torpes. Al sacar el pie desnudo y tocar el suelo de hormigón helado, pegué un brinco del susto.

 

Me dirigí a los “cambiadores” que habíamos construido para vestirnos y me puse un sencillo pantalón vaquero, una camiseta gris de manga larga y una cazadora azul.

 

Se oía a alguien cocinando, así que me dirigí a el Ala Sur de la fábrica, que estaban separadas por finas paredes de madera.

El vapor se escapaba por las rejillas.

 

Frotándome los ojos, abrí la puerta y me encontré con Ray; pelo azul recogido en una coleta y ojos muy claros. Y su fantástico Piercing-toro, como nosotras lo llamábamos.

A su lado estaba sentado Andrey junto a su hermana Natasha, conversando alegremente sobre algún tema que no me importaría compartir.

 

En un extremo estaba Sanja con sus comunes ojeras y un libro entre sus manos, mientras mordisqueaba una tostada con mermelada de fresa. A su derecha estaba Jarek, que la ignoraba completamente mientras comía un bocadillo de jamón.

 

Me senté junto a él y le pedí un trozo en silencio. Lo único que se escuchaba era la nevada que estaba cayendo y las conversaciones de otros revolucionistas que estaban en la mesa.

 

— Jarek…¿me das un trozo? — le susurré algo avergonzada por hablarle a alguien tan adulto.

 

— Toma. — me tendió una parte y se giró a mirar hacia el ventanal.

 

Después de unos quince minutos, hicieron su aparición Fanny, Lysandro, Armin y Shaoran algo adormilados.

 

— Buenos días. — dijo tímidamente Fanny.

 

La saludé con la cabeza y se sentó a mi izquierda, dejando un espacio de privacidad. Supongo que tenía miedo de mí.

Con un gesto despreocupado, me levanté de la silla y me puse a hacer unas tostadas con mantequilla.

Cuando terminé las puse en un plato y las repartí a mis compañeros.

 

— Gracias. — me sonrió Shaoran, mientras se quitaba mierdecilla del pantalón.

 

— Entiendo. — suspiré, algo atontada por el olor de mi hermano.

 

— ¡Ya estoy aquííí! — exclamó Niko, mientras saludaba a todos con una sonrisa y me ignoraba a mí. Se acercó con Alice cogida de la cintura y noté como Ray daba un leve puñetazo en la mesa y se iba.

La seguí.

 

— ¡Ray! — grité.

 

— ¡No me hables! ¡Tú…tú! — se quedó sin aire. Se estrujó a sí misma y se giró para verme cara a cara.

 

— No me vuelvas a dirigir la palabra. Nos traicionaste a todos. A todos, y Brice se fue. Ya sabes lo que pasó, no tengo que relatártelo. — susurró muy borde.

 

— Nunca he querido perder nuestra amistad. — susurré, mirando al suelo. — Ni quise. Quiero que sepas que yo nunca he sido una traidora. Además de que conoces cómo murieron mis padres…

 

Me tapé los ojos y miré hacia arriba para que las lágrimas se mantuvieran en el ojo.

 

— …Así que… — gemí, volviendo a la fábrica.

 

Ví como dejaba a Ray bajo la nieve, sola.

 

Más tarde tocaba entrenamiento. Me vestí con ropa de gimnasia y abrigo, para que no me enfriase.

 

— ¡Tati…ana! — escuché gritar a Katie, que venía de la mano junto a Nath.

 

El rubio me trajo a la niña con una sonrisa algo falsa. Me tendió su pequeña mano y yo le hice una mueca nada agradable.

Llamé a mis alumnos.

 

— ¡Chicos y chicas! ¡Entrenamiento! — dije, con ánimos.

 

— Ya vamos. — me dijo Natasha, poniéndose las vendas en las muñecas.

 

Al terminar la clase/entrenamiento, me dirigí a lo cambiadores de nuevo y luego a la mesa de planificación.

 

— ¿Cuál es nuestro objetivo? — alcé la voz mientras me hacía una coleta.

 

— Es llegar a este pueblo. Es otro de los afectados, podremos conseguir material e incluso nuevas armas hasta más gente. — señaló un pueblo de las montañas.

 

— Entiendo. ¿Cuáles serán los grupos de búsqueda?

 

— En el Alfa irán Sanja, Jarek, Catherine, Castiel, Armin, Bell y Shaoran. En el Beta estarán Andrey y Natasha, Nathaniel, yo, Saray e Ivan. — explicó Kimberly. — Alice, tú, Nikolai, Emily, Kentin y Lysandro iréis en un grupo aparte al que llamaremos C.

Marcó los lugares que cada equipo debía registrar y empacamos las cosas.

 

— ¿Y quién se queda con Katie? — soltó Fanny.

 

Todos la miramos y supongo que soltó un pequeño suspiro.

 

— ¡Vamos a jugar a muchísimas cosas, Fanny! — gritó Katie echándose a sus brazos. — ¡Y me enseñarás a cocinar!

 

Pasando al lado de la pelirroja, le susurré que como se atreviese a gastar los alimentos en eso, se quedaría siempre con la niña.

Con una sonrisa algo psicópata, preparamos botellas de agua y barritas energéticas, incluyendo frutas y tiritas, vendas, etc.

Tan pronto como terminamos cada uno se juntó con sus compañeros y salimos por la puerta, con unas falsas esperanzas.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 3; Primer contacto con el enemigo

 

— Por allí. — explicó Jarek algo despreocupado. — Debemos caminar más hacia el norte y llegaremos al lugar donde nos separaremos.

Él dirigió una mirada hacia mí muy fría. Al pasar a mi lado me dijo cosas que asustarían a cualquiera con una sonrisa maliciosa mientras se metía las manos en los bolsillos.

Sonreí y caminé junto a Bell, que la veía muy distraída; se tropezaba cada dos por tres.

 

— Millers, ¿qué tal todo?

 

Con una sorpresa, resbaló hacia atrás y yo me agaché un poco para agarrarla.

 

— Ten cuidado. — le dije.

 

Apartó su mano de la mía y la acarició tímidamente. Luego me miró de reojo, algo…¿asustada?

 

— Jokovach… — ella era una de las únicas que no me molestaba con mi apodo — ¿Puedes prometerme que si salgo herida me dejarás allí?

 

Soltando un suspiro, sonreí un poquito.

 

— Ni loca, Bell, ni loca. — me puse los brazos sobre el cuello y caminé despreocupadamente a su lado mientras ella me echaba miradas.

 

Al cabo de un rato llegamos a un pueblo totalmente destruido, Kotömka. Paredes de madera casi carbonizadas se intentaban mantener en pie. Había incluso algunos cuerpos humanos en descomposición.

Delicadamente acaricié el rostro de un cadáver de un hombre, recordando a mi padre.

 

— Papá. — susurré.

 

Me levanté y caminé hacia atrás mientras observaba a todos viniendo hacia mí, charlando e incluso algunas parejas cogidas de la mano.

Nikolai corrió hacia mí.

 

— ¡Alfa, tendréis que ir hacia el oeste! ¡Beta más al norte! ¡Los demás, conmigo! — gritó sonriente él mientras algunas chicas cuchicheaban cosas. No quise saber qué era, yo tenía que centrarme en lo crucial.

 

Se acercaron Lysandro, Kentin, Alice y Emily cargando cada uno sus respectivas mochilas. Nunca se sabe, quizás tendríamos que acampar.

 

Niko cogió de la mano a Alice y la arrastró un poco lejos y empezaron a discutir.

 

— ¿Qué crees que sucede? — preguntó Kentin con un brillo en la mirada al fijarse en los pechos de Emily.

 

Le di una sonora bofetada y me hizo caso.

 

— Esas cosas las harás en tu cuarto, no en medio de una misión, jovencito. — le dije seriamente. — Menos mal que ella no se ha dado cuenta, si no, ya estarías enterrado.

 

Reí irónicamente y entablé conversación con Lysandro.

 

— ¿Tienen algo que decirme esos dos? He escuchado Tatiana. — le dije.

 

— Si así fuese, no tengo por qué decirlo. — Sonrió y se quitó la mochila para descansar los hombros.

 

— ¡Venga, dímelo! — dije, algo nerviosa. Temía lo que era.

 

— Te lo dirán esta noche, pero te daré un adelanto; no te va a gustar nada. — se dirigió hacia Castiel para darse el “Adiós y cuídate” sonriendo.

 

Pateé con rabia el suelo y empecé a seguir a mi equipo.

*************

Pegué una patada al soldado en el hombro, haciendo que perdiese el equilibrio a la vez que me intentaba pegar un puñetazo. Le agarré del hombro y metí la pierna donde más le duele a los hombres, no necesito decirlo.

Nikolai, Emily y Alice estaban cada uno en los puntos idóneos para disparar.

Unas gotitas de sangre me golpearon la nariz.

 

— ¡Tatiana! ¿Estás bien? — gritó Lysandro desde lejos.

 

— ¡Como siempre! — dije exhausta.

 

Otro tipo se me acercó y me propinó un golpe en la muñeca y luego en el tobillo, haciendo que cayese.

Se me tiró encima con un cuchillo.

 

— Tú…¿creíais que engañarías a Katie…eh? Ahora…morirás…maldita…revolu—

 

Un disparo afloró por su frente.

Y luego una mano me ayudó a levantarme.

Esos ojos marrones, ese pelo rubio-castaño.

 

— ¿Brice…? — le miré.

 

Hizo el gesto de silencio con una mano manchada de sangre y rió algo divertido. Arrugué la nariz, mosqueada.

 

— ¿Una pelea más? — llegué a decir entre gritos.

 

— Una más, pero, quién sabe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4; Pequeño sacrificio

Yo nací el 31 de diciembre a las 11:55, una mala fecha.

En ese momento, mis padres estaban buscando un refugio decente.

Mi hermano Nikolai tenía 2 años ya había aprendido a usar un machete, algo que nunca debió hacer.

A la edad de 10 años, mis padres murieron a manos de la Roten Kreuz por buscarme un regalo, ya que era mi cumpleaños.

A los 14 mi prima Lydia (que nos acompañaba en busca de comida) de 20 años murió por un francotirador. Debo decir que la prima Lydia no me caía bien.

 

— ¿Qué? ¿Brice está aquí? — me gritó Lysandro.

 

Después de la pelea, el rubio “favorito” (nótese el sarcasmo) de mi hermano había regresado después de 6 meses.

 

— No debería estarlo. — me regañó Niko con las cejas fruncidas.

 

— Lo sé. Pero sabes perfectamente lo que pienso sobre eso. No me jodas y déjame en paz. — di media vuelta y me acerqué a Brice.

 

— Puedes quedarte. — le sonreí. — Aunque nada de cazas ni asesinatos nocturnos.

 

Asintió con la mirada baja y adiviné que estaba observando a Alice, que lloraba levemente.

Me acerqué y le miré.

 

— ¿Qué pasa? — susurré.

 

— No te incumbe, aunque lo sabrás esta noche. — se frotó los ojos y me lanzó una mirada que congelaría a cualquiera.

 

Después de recoger maderas, colchones viejos e incluso pequeñas armas de mano, nos pusimos en marcha para llegar a la fábrica donde nos alojábamos.

De pronto, se oyeron disparos.

Alguien me tapó la boca y me vendó los ojos, mientras oía cómo Emily y Alice me buscaban entre el barullo.

 

Unas horas más tarde (o eso creí, no tengo mucha noción del tiempo) me quitaron la venda y me encontré frente a una demacrada muñeca de trapo en manos de Katie.

 

— ¡Tatiana, qué sorpresa! — susurró con una sonrisa macabra. — Qué fácil poner el anzuelo y que el pez lo siga.

 

A su espalda apareció Julio Masquetonni, presidente de la Roten Kreuz en Rusia y Australia. Acarició a la niña por el hombro y le sonrió.

 

— Parece que encontraste a mi hija, Katie. Debo decirte que a pesar de que tú no traicionaste a tu equipo, Brice, tu noviete, sí. — me dijo, riendo.

 

La pequeña se me acercó y me pegó en las muñecas con un palo afilado. ¿Qué le pasaba a esta niña en la cabeza?

 

— Papá, tienes razón, es divertido matar a los revolucionistas. — susurró.

 

Sin poder hablar, le asesté una patada en el estómago. Unos soldados me apuntaron. Moviendo la boca, bajé el trapo.

 

— Disparadle en el pie. — ordenó Julio, frío. — Y luego soltadla por ahí.

 

Noté que la sangre bajaba por mi tobillo y empecé a gritar mientras me agitaba. Moví mis brazos desesperadamente mientras los hombres me cargaban y me tapaban los ojos.

Me metieron en una furgoneta o camión y me dormí, totalmente dolorida, pensando en que había hecho bien al no intentar liberarme.

 

Mis pupilas enfocaron un campo muy verde y soleado. Me tiraron, todavía algo adormilada.

Y vi como un chico de mi edad les gritaba que me dejasen en paz.

Cerré los ojos maldiciendo a la Roten Kreuz.

********

— Los humanos somos y seremos una especie despreciable. ¿Tú ensuciarías tu hogar? Pues eso hacemos, destruir la Tierra con guerras. ¿Pegarías a tu madre o a tu padre? Claro que no. Entonces, ¿por qué asesinas a otros? Todo eso me he planteado, Tatiana. Todo eso. — me dijo Arthur mientras me daba de comer con la cuchara. — ¿Qué tal tu pie? ¿Sigue sangrando?

 

— Ya no. Gracias por la venda. — susurré con cansancio.

 

— ¿Sigues sin creértelo?

 

— Estoy dudosa. ¿Nikolai no es mi hermano y tú sí?

 

Se sacó la camiseta rápidamente y me mostró la marca que todos los Jokovach teníamos de nacimiento; una cruz. Se la puso a toda velocidad para no coger frío y se juntó a mí.

 

— De pequeños Nikolai y yo éramos amigos, y nos parecíamos bastante, sólo que Niko era más “útil” para tus padres, por así decirlo. Me abandonaron. — me miró y sonrió sin fuerzas.

 

Tosí por el frío que tenía; estaba desnuda a excepción de la ropa interior, un pijama y una manta. Un escalofrío recorrió mi espalda y la manta se resbaló por mis manos. Me la volví a poner sobre los hombros y me acerqué más al fuego.

 

— Te creo. — acerté a decir — No sé si debería abandonar a los de la fábrica y quedarme sola para vengar a nuestros padres. No lo merecían, Art. — ya le había puesto un apodo. — Debes perdonarlos. Por mí.

 

Solté unas lágrimas. Estaba confusa. Y dolorida. Mi propio “hermano” Niko me había mentido. Y, ¿existía? ¿eran ellos mis padres de verdad? y lo peor de todo, ¿quién era yo?

 

Sostuve la cuchara durante unos segundos antes de morderla con la boca mientras Art me cambiaba el vendaje y gemía de dolor. La sangre empezaba a brotar otra vez, necesitaba que alguien me sacase la bala, ya que la tenía incrustada y no podía andar. El pelo oscuro de él le caía sobre los ojos. Su piel pálida hacía contraste con el rojo de mi tobillo. Era lo opuesto a mí físicamente, pero a la vez, tan iguales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5; Sin saber qué hacer

Mis gritos de dolor despertaron a Art agitadamente, mientras me revolvía entre las mantas.

 

— ¿Qué mierdas pasa, Tatiana? — se levantó con el corazón desbocado y me observó mientras lloraba de dolor.

 

— Se está infectando, Art, se está…infectando — el dolor punzante me podía.

 

Rápidamente retiró la venda y vio, efectivamente, que el pie había adquirido un tono enfermizo entre blanco y verde. De la herida salía sangre y algo parecido a una sustancia marrón.

Lentamente me besó en la cabeza mientras sonreía forzadamente y me decía lo que pensaba.

 

— Si esto sigue así — tomó aire — tendré que amputarlo.

 

Guardé silencio del shock. ¿Amputarme el pie? No, por favor, no. De todo menos amputarme una parte del cuerpo. Cerré mis ojos con fuerza, haciéndome daño. Mi pelo estaba sucio y enmarañado, tenía manchas y moratones por todo el cuerpo, y me ropa estaba rota. No sé qué hacer. Y no creo que le pueda pedir a Art que venga a la fábrica conmigo y saquemos de allí medicamentos sin que nos vean. ¿Qué estoy pensando? ¿Dejarlos tirados? ¿A Alice, a Kimberly, incluso a Jarek? ¿A Bell, a Shaoran? ¿A Sanja? Imposible. ¿A Emily? Menos aún. ¿A…Niko? Dudé. Dudé de si debía volver a ver a Nikolai.

¿Y a Brice, lo vas a abandonar? ¿Como venganza?

Sólo necesitas el valor suficiente.

— Arthur, vamos a la fábrica. Hay medicamentos e incluso material quirúrgico, podríamos pedirle a Fanny que me ayudase, ella sabe medicina…— empecé.

— No.

— ¡Por favor! Ahora el niño cascarrabias no quiere ayudar a su demacrada hermana. Sólo por la noche. Podemos ir en eso, ya sabes. — señalé con la mirada una moto vieja y de color negro, que a pesar de la suciedad, parecía con toda la energía.

 

Suspiró y me miró mientras yo sonreía débilmente.

 

— Sólo porque te quiero a pesar de que casi no me conozcas. — me besó en la mejilla tiernamente y yo me sonrojé, no estaba acostumbrada ni siquiera a que Niko me abrazase.

Me tapé la cara con el pelo mientras mis mejillas se descoloreaban. Solté todo el aire y aspiré. Necesitaba serenarme, lo de amputarme el pie no me gustaba mucho.

******

El viento me azotaba el rostro y ondulaba mi pelo al viento. Fuertemente agarrada a Art nos dirigíamos a la fábrica por la noche. Todo estaba oscuro, y la débil luz de la moto no ayudaba mucho, por lo que no tardamos en perdernos.

 

— Mierda, mierda, mierda. — se enfadó Art. — ¿Por dónde es? Venga, Tati, recuerda.

 

— Si hemos venido por allí…prácticamente estamos a las afueras, por lo que volvamos atrás y dirijámonos al norte.

 

Nos volvimos a montar en la moto. Durante el viaje el pie me había vuelto a sangrar, pero no dije nada, no quería preocuparle. Menos a él. Nikolai ya no existía para mí. Sé que soy muy crédula, pero yo creía a Arthur, porque Niko nunca me había enseñado la marca.

 

A mitad del camino divisamos las enormes paredes de el lugar. Aparcamos tras unos árboles y ocultamos la motocicleta con ramas y cosas por el estilo. Apoyándome en él, llegamos a una de las puertas traseras. Estaba abierta, como siempre. La abrí con cuidado, sin que chirriase. Estaba oscuro a excepción de la cocina, que había una sombra moviéndose. Probablemente sería alguna chica preparándose un té para dormir mejor, o terminando la cena. Caminé lentamente hacia la sala donde se guardaban medicamentos, pero tropecé con una caja de cartón. Caí al suelo y me llevé por delante a Art, cayendo encima de algo que no distinguí. A mi lado, me agazapé detrás de un estante, mientras Arthur me advertía de la presencia de alguien. Bell.

 

— ¿Hay alguien ahí? — susurró, confusa.

 

No nos movimos. Se acercó a oscuras a nosotros, pero sin llegar a vernos por nuestros abrigos oscuros. Resignada, volvió a su saco y esperamos unos segundos a que se durmiese de nuevo. Me levanté y nos miramos, decidiéndonos a coger las medicinas, pero yo dudaba.

No sabía qué hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 6; El pasado de Jokovach

La vista se pierde en el espacio vacío

La mente se paraliza

Pues millones de pensamientos

La atormentan.

Psicópata me llaman

Pues en mi mente

Los sueños parecen tan reales

La sangre tibia recorre por mis manos

Mientras realizo acciones atroces

Miles de voces gritan al mismo tiempo

Provocando un intenso dolor en mi cabeza .

Grito… pero, nada alivia

Mi cuerpo se estremece

Mientras mi víctima llora

El sueño termina, abro los ojos

La razón se mejora

Solamente para que mi corazón llore

Después de tristemente darme cuenta

Que no fueron sueños

Fueron siempre reales

La sangre empapa mis ropas

El aire huele a muerte

El espacio está lleno de miedo, de odio.

Mi mundo comienza a gritar

Como loca me pongo a llorar

Rasgando mi cuerpo más y más fuerte.

“Shhhhhhh…” dice una voz en mi cabeza,

No fue tu culpa , ellos quisieron hacerte daño

Pues se lo han merecido.

 

“¿Por qué lloro sangre? Es algo normal en este mundo de locos, ¿no? Tanta guerra y tanta muerte por la lucha del planeta, Tatiana” dice Arthur.

*******

 

Mi mente vuela a cuando estaba en un lago junto a mi madre, que me miraba tiernamente con sus ojos. Pero se convierte en, ¿una bestia? Tengo miedo. ¡No sé defenderme! Sólo tengo siete años…ayúdame. Me traga. Me ahoga con sus lloros. ¿Qué es esto? Sólo hay oscuridad.

*******

 

“¡Niko! ¿Dónde están papá y mamá?” No los encuentro por ninguna parte en el mercado. “¿…Niko?” Dejadle en paz. Sólo somos él y yo. Nadie más. No pueden entrar a nuestra fortaleza.

 

No recibimos cariño ni lo damos.

*******

 

“¡Feliz cumpleaños, Jokovach! Ya tienes catorce, vieja.” susurra Brice, acercándose a mí y besándome tiernamente en la mejilla mientras me acaricia en el pelo. “Te quería preguntar algo…” sonreí al decirle eso “¿Somos novios?”.

Claro que sí.” me dijo. Aunque creo que debió pensar otra cosa al liarse con Alice.

*******

 

Brice se ha ido. Nos ha abandonado. Seguramente fue porque le dije que dejase de matar gente inocente de la que no sabíamos su procedencia.

¿Por qué me he vuelto tan fría? Sólo quiero cariño. Quiero sentirme querida entre la gente.

*******

 

“¿Por qué me ignoran?” pregunto a papá. “Verás…esos niños tiene otra forma de pensar impuesta por sus padres. Eres distinta, y deberás aceptarlo, igual que Nikolai y mamá han hecho. No tengas miedo y únete a nosotros. Vuélvete de nuestro lado.” Sus sonrisas se retuercen en la inmensidad del espacio.

*******

 

Dos imágenes pasan por mi cabeza. Tan sólo dos. La de Fanny siendo asesinada por Katie de un balazo. Y la de Shaoran sufriendo por su amor no correspondido y suicidándose. ¿Qué es esto? ¿Por qué me siento tan mal? En un intento de ser más cariñosa y amable, ¿lo jodo todo? No debí traer a Katie. Ni conocer a Arthur. No debería haber nacido.

 

¡Todo hubiese sido mejor sin mí! ¡Sin mi existencia! ¡TODOS, absolutamente TODOS hubiesen sido más felices!

*******

 

“¿Me has engañado…con Alice? ¿Te has…besado con ella?” lloro al conocer la noticia proveniente de Brice. “Sí, estaba triste. Además, ya te he usado bastante…cuando lo vea bien, volveré. Chao.” me deja con las palabras en la boca, mientras el rastro de sus huellas en la nieve me trastorna.

¿Qué? ¿usarme? Oh, no. Oh, mierda, mierda, mierda.

Mis botas se deslizan rápidamente a el cajón de comida, medicamentos y al de armas. Están vacíos.

¿Cómo pude caer así?

Saray me mira con la ira en sus ojos.

 

“¡¿Le has dicho a Roten Kreuz dónde estamos?!” exige saber, sin preocuparse por los nubarrones negros que acechan sobre mi cabeza. Me acerco a ella, sin pensar lo que digo y hago, pegándole una bofetada y susurrándole en el oído, temblorosa. “Brice…se…ha…ido…¿Alice?…Roten Kreuz…mamá…Niko.” aspiro por la nariz y expiro, ansiosa por saber todo lo que me han ocultado.

 

Vuelvo a la sala principal, mientras Lysandro me mira horrorizado. Mis pintas son terroríficas; pelo quemado por Brice, lágrimas, moratones en la cara, heridas en las extremidades y medio cuerpo al descubierto.

 

“Madre mía, ¡Tatiana!” corre hacia mí, sin contenerse. Me lava la cara con una esponja mientras lloro sin fuerzas, casi rota por dentro. Termina y me acaricia la cabeza como un hermano mayor.

Se la saco con fuerza.

 

“¡¿Quién?! ¡¿Quién me quiere enfrentar?! ¡¿Qué habéis hecho?! ¡BRICE!”

Ahí es cuando me desmoroné cuál torre llena de protuberancias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7; Cierra tus ojos, todo saldrá bien

Y terminé de ponerme la venda mientras tragaba unas cuantas pastillas de ibuprofeno. Sonreí a pesar de todo. Eso es lo que hay que hacer, ¿no? Sonreír y enfrentarse a lo que el destino nos aguarde.

Arthur no existía, lo único que yo le había dado vida con mi mente. Estúpida de mí. Se nota cómo seguía extrañando a Lysandro, a Bell, a Nikolai, a Alice, a Ray, a todos, en sí.

 

Llevaba dos días dormida en aquel valle tranquilo por el cansancio y el sueño, así que prácticamente ya estaba recuperada. Cojeaba un poco, pero me había logrado arrancar la bala utilizando pinzas y fuego, para que luego la herida cicatrizara.

Mis labios formaron una tierna sonrisa que nunca había visto en mí, me sentía distinta a siempre.

¿Habría aprendido algo? Imposible.

 

Aparté un mechón de pelo castaño de mi frente y empecé a oír gritos detrás de mí, llamándome por mi nombre. Eran masculinos. Era la voz melodiosa y albina que yo conocía.

 

— ¡Tatiana! ¡Tatiana! — pedía la voz — ¡Soy Lysandro! ¡Y Nikolai! ¡Bell también está aquí! ¡Y Ray!

 

La voz de Lysandro estaba seca y rota. Más rota que otra cosa. Lo noté en su tono. Algo pasaba.

Sentí su aliento cansado tras mi oreja.

 

— La Roten Kreuz…nos ataca… — consiguió decir — ¿Dónde…estabas? Madre mía…

 

Mis ojos se abrieron como platos, y me levanté con esfuerzo del suelo. Me habían encontrado, no me interesaba el cómo. Pero, ¿cómo mierdas habían encontrado la fábrica?

Empecé a sudar del miedo. Definitivamente me pasa algo, pensé.

Me pasé las manos por la cara y puse los ojos en blanco. No sabía qué hacer. Mi hermano apareció y me abrazó, con una cortina de lágrimas amenazando en salir.

Le aparté. Art todavía rondaba en mi cabeza.

 

Sólo tienes que decirlo… dijo una voz en mi cabeza.

 

— Niko, idiota, ¿quién es Arthur? — pregunté, elevando la voz mientras sentía que se estremecía.

 

No te lo va a decir, ¿lo sabes? no te va a decir que yo soy tu verdadero hermano.

Acaricié mi cabeza, sonriendo. ¡Arthur me ayudaría en todo!

 

— ¿Arthur? ¿De quién hablas? — me dió la vuelta fuertemente y yo me alejé de él, cogiendo de la mano a Lysandro, haciendo que él se sonrojara.

 

— ¿Eres mi hermano, acaso? — pregunté, sonriendo y apretando cada vez más fuerte la mano de mi amigo albino.

 

— ¡Claro que sí! Acaso, ¿estás loca? — dijo, temblando.

 

Reí. Reí a más no poder.

Hazlo. ¿No quieres ser libre de esta presión? dijo Art en mi cabeza.

 

— ¡Claro que sí! ¡Quiero ser libre! — miré a Lys, que me observaba extrañado.

 

— Tatiana — se agachó a mi altura y me acarició las mejillas con su sonrisa imperturbable de siempre — ¿qué te sucede? Puedes contármelo.

 

— Él no es mi hermano, Lys, ¡me ha mentido! — dije mientras reía, señalándole con el dedo índice.

 

— ¿Qué…? — le oí susurrar — Mierda.

 

¿Ves? Le has pillado.

Sólo te falta encontrarme, Jokovach.

Solté la mano de mi amigo y empecé a tambalearme, a la vez que la sangre se escapaba por mi nariz y por mi boca. Caí de bruces al suelo. Y seguía riendo, como si nada. Me di la vuelta, quedando boca arriba. Los dos estaban frente a mí, moviendo la boca y gesticulando cosas que no entendía. No les escuchaba, era como estar en un coche encerrado y los otros fuera.

Y de repente, todo se volvió negro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 8; Nadie te puede hacer daño ahora

El sol se ponía. Yo seguía débil. Si tuviésemos a Fanny podría ayudarme con la medicina…

 

Después de mi desmayo me llevaron a la fábrica y me encerraron en un cuarto mientras la Roten Kreuz atacaba. Vaya mierda, ¿no?

Yo quiero luchar por el bien de mis padres. Por mi bien y el de Niko.

 

Recapacité…me olvidaba de alguien, pero no recordaba su nombre. ¿Aaron? ¿Aritz?

Ni idea. Lo dejé pasar.

 

Miraba la ventana, se oían disparos de fondo. Hasta que se me ocurrió una idea que en ese momento me parecía genial.

No había caído que en la habitación que estaba había una pequeña trampilla hecha por mí misma para llegar a la azotea. Si alguno de los enemigos habían cruzado por ahí, les tiraría una piedra y me escondería como una rata descalza.

A veces dudo de mi inteligencia, ¿sabéis?

 

Me puse a gatear por la trampilla que iba hacia arriba, pasando por otro cuarto. Y ahí es cuando vi algo que me hizo avergonzarme bastante. Mucho. Mucho bastante.

Lysandro estaba cotilleando en los cajones en los que yo guardaba mi ropa interior. Pero al fondo estaba escondida mi Beretta de nueve milímetros. Posiblemente la buscaba para ver si la había cogido. Y lo había hecho. Saqué la lengua disimuladamente y seguí subiendo. Entonces oí una voz áspera y ronca, pero que me dio de lleno en el corazón.

 

– ¿Tatiana? – ¿sería Brice? Imposible, Niko le había echado.

 

Mi cabeza empezó a doler inmensamente, y mi vista se nublaba. No, otra vez no. No me iba a rendir ahora.

Al llegar arriba, ocho u nueve asaltantes enemigos disparaban a los míos como francotiradores. Me quité la cadena para no hacer ruido -y eso que disparaban- y disparé -con el silenciador- al más alejado. Cayó por la azotea estrepitosamente, impactando en el suelo.

El segundo y el tercero abatidos.

Cuarto, quinto y sexto igual.

 

El séptimo se giró y me vio. Su pelo era oscuro y sus ojos claros se me hacían familiares. Su piercing me sonaba de algo.

 

– ¿Arthur? – pronuncié, llamando la atención del de al lado, que me apuntó.

 

– ¿Quién eres tú? Ah, sí, la cabecilla de este grupo de idiotas. – dijo fríamente, sonriendo hacia mí.

 

Le disparé en la rodilla al de su derecha, haciendo que cayese. Arthur sonrió y levantó las manos, suspirando.

 

– ¿Contenta? Por cierto, buen disparo. – elevó la ceja seductoramente y empezó a reír irónicamente, mientras sacaba algo de su bolsillo.

 

Una granada, ¿en serio?

 

Va a destruir la fábrica. Mueve tus piernas, gilipuertas, me dije a mí misma.

 

Me tiré por la trampilla y cargué todas las medicinas, armas y comida que pude en una bolsa. A suerte o quizás destino, Catherine estaba haciendo lo mismo junto a mí.

 

– ¿Le has visto con la granada?

 

– Obvio. – arrugó la nariz fieramente y se cargó la mochila y bolsas en la espalda. – Coge ropa.

 

Hice lo que me pedía y salí pitando. Un Arthur estaba en la azotea riendo, haciendo la cuenta atrás. Mi pie cojeaba, y los demás habían salido corriendo.

 

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Y me quedé ¿ciega?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 9; Estamos hecho para “explotar” (¡Narrador omnisciente!)

Los seres humanos somos criaturas realmente curiosas. Se mueven a través de sus deseos humanos.

Esta historia tiene tres bandos alternativos, revolucionistas, los de la RK y los anónimos.

Todos explotamos al fin y al cabo. ¿Por qué? Alguien puede desear algo tan fuerte que puede explotar y perder la cordura. ¿Os suena? Sí, como Tatiana.

Sigamos, queridas lectoras y lectores.

 

La fuerte luz cegó los azules ojos de Tatiana, produciéndole una ceguera -que ella aún desconocía- temporal, de hasta una semana.

Al otro lado, Nikolai seguía pensativo. El nombre que su hermana había pronunciado antes de desmayarse…Arthur…le sonaba. Pero no sabía de qué. Cogió a su novia Alice de la mano y luego la besó, mientras recuperaba la compostura.

 

¿Os  acordáis de lo que Alice quería decirle a Tatiana?

Era que estaba embarazada de dos semanas. Qué cosa, ¿no? Tener un hijo o hija en esos tiempos.

 

Bell estaba escondida en el bosque junto a Catherine, Andrey y Natasha, frotándose las manos del frío de diciembre. Digamos que era el veinte de diciembre, claro que helaría.

 

Ivan y Jarek corrían en dirección contraria junto a Sanja, sin percatarse de dónde iban los demás.

 

Arthur había simulado que el objeto de su mano era una granada, pero sólo era una bomba de humo tóxico. Rió, divertido. Pensó en aquella chica de ojos azules. Le sonaba mucho, y su cabeza le hacía pensar que no podía hacerle daño.

¿Por qué no podía haber soltado la granada real en vez de la tóxica? ¡Quién sabe!

 

Armin rebuscó en su mochila. Tanto tiempo en una misión de recolección y luego poder volver a la fábrica con su amada Catherine. Y los demás, claro.

Caminó vagamente hasta el edificio que creía que era el suyo. Su jefa, como él le gustaba llamarla, estaba tirada en el suelo, llorando sin poder abrir los ojos del dolor. Corrió hacia ella y empezó a llamarle por su nombre suavemente para que reconociese su voz. Se abrazaron. Se quedaron hasta el anochecer, en custodia de los míticos soldados de R.K.

Tatiana no quiso admitirlo, pero seguro que una antigua estrecha relación de amistad estaba creciendo a algo más grande, casi como mejores amigos.

Se sentía querida.

 

Entonces, pensó. Ahora que estaba ciega, no podía ayudar en nada. ¿¡Y si era eterna!? Sollozó, agarrándose al pecho de su amigo, mientras bostezaba de sueño. Se apoyó en la piernas de él y se quedó dormida, soñando en una persona en concreto de la que nunca se había dado cuenta que amaba, a pesar de su rara amistad. Pensó en que nadie la escucharía salvo él. ¿Quién soy yo? se planteaba ¿qué debo hacer con mi vida? ¿debo amar? se preguntó, mientras una canción que su madre cantaba se quedó en su mente.

 

Armin también se quedó dormido, apoyado contra la pared. Los dos dormitaban a merced de las ametralladoras de la R.K.

 

Y durmieron plácidamente, he de decir, fieles lectores.

We are about to explode.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 10; Ojos de rabia (final 01-alternativo)

Fue una decisión radical

Sentada en el fondo de la sala

Con un tazón que tú habías tenido

Pero ellos no sabían

Cerrando mis ojos negros

Me siento segura a veces

Dime que ya es el momento

 

 

Serpientes en mi mente

Buscando tus crímenes

Todo cambia

No las necesito para este tiempo

Disfrutas destruyendo mis sueños

Así que me dormiré con alguien que no seas tú

Pensé que me tomarías en serio

Así que escucha…

Serpientes en mi mente

Estoy buscando tus crímenes

Todo cambia

A tiempo

Te quedarás congelado en el tiempo

Niñas de colágeno

Mentes controladas

Mantienes el espejo, bueno

Para todas las demás

Serpientes en mi mente

Intentando perdonar tus crímenes

Todo cambia a tiempo

 

¿Quién ha dicho que amar y odiar no es lo mismo?

 

Besé su frente suave y luego bajé a sus labios suavemente, mientras él me observaba con su mirada llena de heterocromía. Tomó mis manos y las paró, susurrando un “Me dejarás ir, ¿no?” y luego sonriendo. Este Lysandro…

 

Ésta es la historia de una revolución, tanto histórica como personal.

¿La continuarás?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 11; Oscuridad (final 02-alternativo)

Cuando todo se ha tornado negro

No sabes a donde ir

Necesitas algo para justificar tu alma

 

El silencio está roto

La confianza se ha ido

Cuando todo a lo que te aferrabas se cae

 

Todas las personas que vende verdades

En cada esquina ahora

Ellos esperan que el miedo los derrumbe

 

Todas las reglas están cambiando ahora

Estas viviendo en pecado

Cuando todo a tu alrededor se derrumba

 

Cuando todo a lo que te sostienes se resbala

Como el agua en tus manos

 

A lo lejos en la distancia

En algún lugar donde no puedes ver

Alianzas han formado tu destino

 

Oposiciones en todo lugar

Alimentándose de tu alma

Tratando de tragarse tu esperanza

 

Y todos los demonios alrededor esperándote

para que tú les vendas tu alma.

 

– ¿Crees que te creeré? ¿Qué debo hacer? – dije, sarcástica.

 

– Si quieres librarte de la Roten Kreuz, debes asesinar a Brice. Si no, debo decirte que no vivirás para tus dieciséis años. ¿Qué me dices? – dijo él, amenazándome románticamente con la mirada azulada que tenía.

 

– Art…

 

– ¡Venga ya! ¿Qué puedes perder?

 

– Tú conoces mi pasado y mi futuro. Al igual que mi presente.

Y he dejado a todos menos a éste – dije señalando a Armin dormido contra la pared – ¿para que asesine a Brice? ¿POR QUÉ ÉL?

 

– ¿No te han contado su historia? Él es el hijo del presidente de toda la organización. – dijo, suspirando. – y bueno, ¿qué me dices?

 

¿Te decides a leer esta gran historia; tanto como personal como histórica?

 

 

 

Fin.

 

 

También publicada en "Roten Kreuz; apocalypse", Obras de Tatiana Sol Fernández Eidler 1º ESO Comentarios cerrados