Categoría: “En el autobús”

En el autobús

Sus ojos castaños se encontraron con los de ella.

A pesar del vaivén y movimiento del autobús en el que iban subidos, sus ojos parecían hipnotizados por el otro, y viceversa. Todo empezó un día de huelga escolar. Ella fue, con la emoción por debajo de la media; sabía que él faltaría.

Pero todo cambió cuando al llegar al instituto al que asistía, pudo contemplar la figura de él, hablando con sus amigos, bromeando y riendo. Parecía una loca, mirándole así, sin pestañear. Cuando por fin pudo reaccionar, pudo darse cuenta de que sus amigas se reían de ella y canturreaban su nombre junto al de él, por lo que apartó la mirada y siguió su camino a dejar la mochila en el suelo, junto a las de su clase. Junto a la de él. El contraste de su mochila, negra con mariposas azules y la de él, negra con letras blancas y un puma, reflejaba exactamente cómo eran.

Ella, una mariposa delicada y tímida.

Él, un puma directo a atacar por lo que quiere, sea cuando sea.

Suspiró y se acercó al grupo de amigos que le rodeaban. Le miró a los ojos, y pronunció su saludo, que había sido reflexionado mientras viajaba en el autobús.

–          B-buenos días.

–          Buenos días, rubia – ella era morena, pero él la llamaba así para molestarla. O eso ella creía.

Sus ojos se descubrieron, pero ella apartó la mirada, quedándose en el grupo, que la miraba fijamente, para que luego todos sus amigos se rieran y empezaran a hablar de estupideces varias. Se quedó fuera, pero ella intentó volver a integrarse, a pesar de que sólo comentara una o dos cosas.

Una de sus amigas se la llevó a rastras hacia una esquina, con la intención de decirle algo en privado.

–          Se nota que estás más con los chicos que con nosotras, eh. – dijo mirándola con picardía – ¿Tanto te gusta?

Ella palideció, para luego agitar las manos negándolo todo. Pero sus mejillas coloradas revelaban lo contrario. Su amiga suspiró, riéndose furtivamente y luego hablar de otras cosas, como los deberes de inglés en los que ella debía ayudarla a hacerlos antes de que sonase la campana de entrada.

Se sentaron cerca de las mochilas y sacaron sus cuadernos, el pelo moreno y rizado de ella caía sobre su frente. Parecía concentrada, escribiendo las palabras y enseñándole a la otra, que le agradecía cada ciertos segundos muy exageradamente, con leves sonrisas que ella no interpretaba correctamente.

“Supongo que deberé ayudarle más días de lo esperado” pensó para ella misma, mientras le aconsejaba hacer unos ejercicios, para después levantarse, aplanarse su vestido de flores y dirigirse de nuevo hacia los chicos.

Él seguía allí.

–          Y-ya sabes que te puedo ayudar con sociales, p-para que recuperes la asignatura – pero la campana sonó antes de lo esperado, llevándose con ella sus palabras, que acabarían olvidándose entre la multitud de gente.

Las clases pasaron muy lentamente. Primero, plástica y artes visuales. Después, inglés. Él se sentaba en segunda fila, emparejado con una pelirroja con la que ella se llevaba muy bien a pesar de que estuviese empujándola siempre a que se besasen o cosas por el estilo.

Al recordar eso, se sonrojó, por lo que su compañera de pupitre le miró extrañada.

“Seguramente se preguntará que pasa por mi cabeza en este segundo” reflexionó, hundiendo su cabeza en los hombros, mientras sus amigos de delante eran regañados por la profesora, al estar haciendo un ruido increíble y muy molesto.

Cuando sonó el timbre para el primer recreo, ella cogió su abrigo y observó disimuladamente cómo él se dirigía a la biblioteca, a hacer los deberes de lengua y literatura. Arrastró los pies hacia el patio. Donde no estaría él. Porque estaba haciendo los deberes.

–          Tengo una idea – susurró para ella misma.

Cogió su cuaderno al llegar a clase entre sudores de tanta escalera, llegó a la biblioteca, y le vio sentado, concentrado en medir un poema.

–          Umm…  – llamó la atención de él poniendo el cuaderno encima de su libro – Puedo prestarte el mío…

Él sonrió, lo cogió con delicadeza y lo abrió, pasando las páginas lentamente, hasta llegar al poema que ella había medido. “Es un poema de amor. Espero que no piense que es una indirecta.” Pensó mirando hacia otro lugar, avergonzada. Salió corriendo sin esperar a que las palabras que él iba a decir fluyesen.

Después de otras dos horas –concretamente matemáticas y lengua- hubo otro recreo. Esta vez él salió, pero lo pasó riendo con un grupo de amigos y dos chicas de segundo, que le arrastraban de un lado a otro, cogiéndole de la mano.

Ella se sentó, aún con el abrigo que le había prestado una amiga porque ella no lo había bajado. Se sentía vacía y bastante mal. Las demás chicas parecían no tener ni que pensar lo que le iban a decir durante horas, simplemente eran directas y no tenían miedo de incomodarle o tocarle. Se sintió hecha pedazos, así que volvió con sus amigas, abrazando a una de ellas, algo silenciosa. La que hacía de pañuelo de lágrimas ni si quiera preguntó el motivo. Con sólo ver a una de las chicas mayores subida a caballito sobre el chico que le gustaba a ella, lo había entendido, por lo que le acarició el pelo mientras suspiraba.

Las últimas dos horas parecían estar más animadas. En naturales estudiaron los fósiles, de poco en poco. A ella le tocó uno de los reales, no una réplica. Se sintió un poco mejor, y pudo reírse un poco al verle a él con uno de los fósiles que parecía un cuerno en la cabeza, mientras gritaba que era un unicornio, provocando las risas de ella y de la clase. Pero su bromita no era para los demás. La había llamado especialmente a ella.

Había pronunciado su nombre suavemente, como un susurro que sólo ella pudo oír.

Lo tomó muy en cuenta, mientras apuntaba los deberes que la profesora mandaba.

En la última hora, no estarían juntos, ya que era optativa. Ella sería separada de toda la clase e iría al taller de diseño y de dibujo, mientras él iba a francés. Lo que le ponía nerviosa. Con los pelos de punta. “¿Habrá ahí alguna chica que le guste?” se preguntó con un suspiro, mientras daba las últimas pinceladas a su boceto.

Él sabía perfectamente que a ella le gustaba, no por sus amigas, si no por el día de San Valentín. Se declaró con una carta. Al principio malas y falsas noticias llegaron, haciéndola llorar durante un fin de semana entero y que obtuviese un mal carácter. Pero luego las buenas noticias llegaron. Pero ella no sabía si eran verdad. Por lo menos le subieron el ánimo considerablemente.

Cuando sonó la campana de salida, esperó en la puerta de la clase de francés hasta que él salió. No se dirigieron muchas palabras, sólo algún que otro “hola” y algún comentario sobre las últimas horas de cada uno. Cuando llegaron al aparcamiento del instituto, ella se sintió desfallecer. No sólo vivían en lugares diferentes, también debían ir en autobuses distintos.

Pero por lo menos, el de ella y el de él, estaban tardando más de lo normal. Al cabo de unos diez minutos apareció un autobús, con los cartelitos pegados de las dos rutas. La verde, de ella, y la violeta, la de él.

Una alegría inmensa nació en su corazón.  Quizás podían sentarse juntos y todo.

–          ¡Ey, compartimos bus! ¡Qué casualidad! – dijo animada, sin tartamudear si quiera. Era un logro en toda regla.

–          Parece que sí, ¡venga, damas primero! – dijo señalando las escaleras y dejándole pasar a ella antes que él.

Se sintió morir justo después al ver casi todos los asientos ocupados. Ella ya tenía compañero de sitio, pero se sentó junto a otro y empezaron a hablar. Algo apenada al ver a su enamorado sentado con sus amigos, se dispuso a coger un sitio. Sola.

Cuando empezó a arrancar el bus, le vio a él mirándola fijamente. Ella iba sentada en el del pasillo, con el cinturón abrochado y sacando el móvil para escuchar música, sumida en sus pensamientos. Pero su mirada despertó algo en ella. Como si hubiese jugado con fuego.

Tuvo un buen presentimiento.

Sus ojos castaños se habían encontrado con los de ella.

A pesar del vaivén y movimiento del autobús en el que iban subidos, sus ojos parecían hipnotizados por el otro, y viceversa.

Él se movió rápidamente a uno más cercano, pero aún lejos, ya que ahora estaba en la tercera fila. Ella, en la séptima.

Se puso en la cuarta.

“Sólo tres más y podrás sentarte junto a tus otros amigos” pensó dirigiéndose a él. Detrás de ella estaban sus colegas.

Miró hacia la ventana, mientras una lagrimita débil se escurría en su ojo derecho. Pero una voz que ella conocía demasiado bien, atrapó su interés.

–          Eh, ¿me puedo sentar contigo? – dijo él, asomado desde su asiento. Parecía sonreír, pero no con la boca, si no con los ojos.

–          U-uh…¡sí!  – respondió ella con algo de emoción que quería reprimir. Debía controlarse.

Movió su mochila del asiento de la ventana al suelo, y se colocó ahí, mientras él andaba sobre el autobús en marcha hacia ella. Pareció detenerse el tiempo, y ella sonrió sin ningún miedo. Había perdido el temor.

Por ahora, ¿no?

Pero, ¿y si era sólo colocarse ahí para moverse a otro más lejos?

El miedo hizo cuna en sus ojos.

Cuando sintió movimiento cerca de ella, él ya se había sentado ahí. Y había colocado sus cosas. No estaba dispuesto a irse.

–          Hola  – saludó riendo.

–          ¡Hola! – dijo ella con una gran sonrisa. Quizá una de las más grandes de su vida.

Sus rodillas se tocaban por el espacio casi nulo que formaban las mochilas, pegadas la una a la otra.

Pero entonces algo se quebró. Y provenía de la pelirroja y su amiga, junto al primo de la primera. La atmósfera había pasado de romántica a vergonzosa, ya que empezaron a corear los nombres de los dos junto a palabras como beso, piquito y novios.

Perdió fuerza su sonrisa, que fue sustituida por una mueca de vergüenza y sus mejillas coloreadas. Eran muy evidentes. Más de lo normal. A pesar de su piel bronceada, el sonrojo se notaba un montón comparado a la piel pálida de él, en la que se veían atisbos de sangre circulando por sus mofletes.

Al intentar girar su cabeza e ignorar los gritos, empujó al chico hacia un lado, por lo que se tocaron. Hombro con hombro. Ella palideció y soltó un quejido que sonó más como un gritito de una fan hacia su ídolo. Se tapó la boca y decidió ser normal. Pero fueron los momentos más duros de su vida.

Él la hizo reír con viveza poniéndose debajo de los asientos. Pero luego, desgraciadamente –más bien por suerte- se quedó atascado, y necesitaba ayuda, necesitaba que le echaran una mano. Ella ofreció la suya, por lo que se cogieron de las manos. El tacto suave de la suya y la fría de ella pareció encender sus instintos románticos, por lo que la apretó fuerte y le abrazó para levantarle entre risas que ocultaban sus ganas de quedarse abrazada a él.

Y eso que un amigo estaba del otro lado ofreciendo la suya.

Cuando llegaron a la urbanización de él, se sintió algo avergonzada por haberle tocado así, sin preguntarle.

Y la pelirroja volvió en el momento menos indicado. Sí, en el menos indicado.

–          Eh, ¿por qué no le quieres besar?

–          Yo no he dicho que no – dijo riendo, y saliendo del autobús.

Ella escondió su rostro entre las manos, mientras su sonrisa se volvía más grande que antes. Pero estaba más avergonzada aún, ¿eso significaba que le iba a besar? ¿a él le gustaba a ella?

Cuando ya sólo quedaba la gente de su pueblo, pudo respirar tranquila y hablar con sus amigas sobre temas triviales, pero siempre, siempre, recordando esa hipnotizante mirada.

Porque esta vez no había apartado la suya.

Cuando llegó a casa, con más energía que nunca, se lo contó a su madre y a su hermana entre risitas, sonrisas y tartamudeos. Estaba feliz. Y sólo porque él había elegido sentarse con ella que con sus amigos.

Y es por eso que ella escribe esto ahora en tercera persona, esperando al día siguiente.

También publicada en "En el autobús", Obras de Tatiana Sol Fernández Eidler 1º ESO Comentarios cerrados